CHARCOT, AUGUSTINE Y LA ICONOGRAFIA FOTOGRÁFICA DE LA SALPÊTRIÈRE
sábado 21 de enero de 2012
En
un estante de la Biblioteca del Hospital Conde de Ferreira de Oporto
descansa, superviviente del tiempo, la polilla, la depredación humana y
las mudanzas, un ejemplar de la Iconographie Photographique de La Salpêtrière de
Bourneville y Régnard (1876-1880). Esta pequeña joya bibliográfica en
tres tomos recoge documentación clínica y fotográfica de pacientes
internadas en el Hospital de La Salpêtrière, fundamentalmente pacientes
con histeroepilepsia, observadas durante el periodo en que Charcot
dirigió la institución.
Jean Martin Charcot
comenzó a trabajar en La Salpêtrière en 1862, cuando la institución
albergaba cerca de 4300 mujeres, una mezcla heterogénea de delincuentes,
mendigas, epilépticas, histéricas y dementes, que él mismo describió
como un “museo patológico vivo”.
Unos años más tarde, en
1881, tras conseguir los necesarios apoyos políticos, Charcot concretizó
su viejo sueño de crear la primera Cátedra de Enfermedades Nerviosas
del mundo, que se convirtió, desde ese momento, en la piedra angular
para la transformación del viejo asilo de La Salpêtrière en un hospital
orientado a la investigación y la enseñanza teórica y clínica.
Hospital de La Salpêtrière
Entre otras
empresas acometidas por él para transformar la vieja institución asilar,
Charcot impulsó la creación de un taller de fotografía en La
Salpêtrière, iniciativa que tenía por objetivo la aplicación de la
recientemente descubierta técnica fotográfica en la investigación de las
enfermedades psiquiátricas y neurológicas. El taller, donde trabajaban
en estrecha colaboración varios fotógrafos (Londe, Rég








nard)
y algunos de los discípulos de Charcot (Bourneville, Gilles de la
Tourette, Richer), contaba con un laboratorio y una sala bien iluminada,
donde había una cama instalada ad hoc
sobre la cual eran fotografiadas las pacientes. El taller de fotografía
de La Salpêtrière se transformó así en una fábrica de producción de
imágenes patológicas, que fueron dadas a conocer al público
especializado a través de la publicación de un primer libro de
fotografías, fruto del trabajo de investigación de Bourneville y
Régnard, titulado Iconographie Photographique de La Salpêtrière (1876-1880).
En 1880, Alberto Londe substituye a Régnard al frente del laboratorio y
publica, en 1888, en colaboración con Gilles de la Tourette y Richer,
una nueva edición de la Iconographie, titulada Nouvelle Iconographie de La Salpêtrière.
Taller de fotografía de La Salpêtrière
El cuadro estrella de las Iconographies fue, sin duda, la histeria, “bestia negra” de los médicos en palabras de Freud, prototipo de trastorno funcional sine materia y, por lo tanto, un insulto para el modelo de inteligibilidad médica de la época.2 La
histeria, que había sido sabiamente descrita por Briquet como una
enfermedad “inestable, irregular, fantasiosa, imprevisible”, “un Proteo
que se presenta bajo un millar de formas diferentes, pero que no podemos
agarrar bajo ninguna de ellas”, se transformó en el área de estudio
principal de Charcot.3
Por las páginas de las dos Iconographies vemos
desfilar un catálogo interminable de imágenes de todos los cuadros
histéricos imaginables y aun de los inimaginables: auras, contracturas
de la cara, bostezos, blefaroespasmos, paraplejias, catalepsias, cifosis
histéricas, parálisis faciales e incluso episodios de sueño histérico.








Para Charcot resultaba
obvio que la histeria, camaleón capaz de reproducir cualquier cuadro
psiquiátrico o neurológico, había mimetizado en esa época los síntomas
clínicos característicos de la epilepsia, la enfermedad nerviosa más
conocida y popular. Consciente de este hecho, Charcot realizó un
esfuerzo inusitado para intentar desenmarañar y clasificar la histeria, e
intentó establecer fronteras nosológicas, a pesar de las limitaciones
inherentes al estado de la ciencia de la época, entre histeria y
epilepsia.
Charcot abordó este
cuadro con una aproximación básicamente neurológica, y se propuso
cartografiar exhaustivamente los diferentes cuadros histéricos usando
métodos de medición científica que incluían la temperatura axilar,
rectal y vaginal, el estudio de los movimientos respiratorios
(pneumografía) y de los movimientos musculares (miografía), el examen
oftalmológico, la valoración de los reflejos, la medición de la
sensibilidad táctil, térmica y dolorosa, sin olvidar incluso la
descripción de las variaciones en la cantidad y calidad de la secreción
vaginal. En su intento por reproducir experimentalmente los cuadros
histéricos, no dudó en someter a las pacientes a los efectos de la
hipnosis (individual y en grupo) y a la aplicación de diferentes
estímulos sensoriales (magnéticos, luminosos y olfativos).
Este esfuerzo, a pesar de
evidentes excesos cometidos, le permitió, hasta cierto punto, separar
los cuadros que tenían substrato neurológico de los psicogénicos, y
realizar una descripción de los diferentes cuadros conversivos, el
primero y más conocido de los cuales fue la “gran crisis histérica tipo
Charcot”, con sus períodos de aura, período epileptoide (con sus fases
tónica y clónica), período de contorsiones o “clownismo”, período de
trance o de actitudes pasionales, y período terminal o delirante.
Fase de trance o de actitudes pasionales
La protagonista absoluta de la Iconographie
fue Augustine, una joven empleada domestica que entró en La Salpêtrière
a los 15 años de edad, cuando aún no había tenido su primera
menstruación, por un cuadro de paresia del brazo derecho, alteraciones
de la sensibilidad y dolor en la parte derecha del hipogastrio. Sabemos,
a través de Bourneville, que Augustine había sido violada a los 13 años
por su patrón, que mantenía, simultáneamente, relaciones sexuales con
su madre. En la Iconographie Augustine
aparece descrita como una “joven rubia, de complexión grande y fuerte,
ofrece el aspecto de una muchacha en la pubertad. Es activa,
inteligente, afectuosa, impresionable, pero también caprichosa, le gusta
mucho llamar la atención. Es coqueta, pone mucho esmero en su aseo, en
la disposicion del cabello”.4
La lectura de las Iconographies nos
permite verificar que Augustine fue para Charcot su prima donna, un
verdadero manantial iconográfico y el maniquí sobre el que edificó su
construcción nosológica de la histeria. Sus imágenes durante las crisis,
en diferentes actitudes pasionales (crucifixión, burla, ira, erotismo)
se encuentran, sin duda, entre las más conocidas del libro.
En una de las láminas de la Iconographie
nos encontramos la imagen de Augustine dirigiendo la mirada hacia
arriba, con las manos unidas, en una pose extática que nos hace recordar
imágenes de la iconografía de la m








ística
cristiana; en otra fotografía la joven se nos presenta en posición de
crucifixión o adopta una actitud nítidamente erótica, con los brazos
cruzados sobre el pecho como si abrazase al amado. La pléyade de
imágenes parece no tener fin: la vemos lanzando besos con la mano o
gimiendo, o realizando movimientos rítmicos con la pelvis, en una
dramatización de lo que Paracelso llamó con acierto chorea lasciva.
El texto la describe oyendo voces, o en pánico como consecuencia de
visiones de violaciones, sangre, fuego, o bestias negras como ratas
gigantes. Podemos leer la transcripción de sus discursos, la descripción
detallada del contenido de sus sueños, sueños con mataderos, con sangre
resbalando por el suelo o por las paredes. La joven y bella Augustine
de las Iconographies, con toda su
espectacular panoplia de síntomas, se nos antoja símbolo y cifra de la
plástica, polimórfica, seductora y siempre hiperdramática histeria.
A pesar de su efímero
estrellato, sabemos que, al final de varios años de internamiento, sus
síntomas histéricos no mejoraron, y acabó por huir del hospital
disfrazada de hombre.
Tal como ya fue dicho, una parte importante de la Iconographie
de Bourneville y Régnard está dedicada a los efectos de la hipnosis,
usada por Charcot como una forma de histeria inducida experimentalmente.
En esta sección también tenemos la oportunidad de ver a Augustine, ya
hemiletárgica a la derecha y hemicataléptica a la izquierda (sic), ya en
catalepsia total. Podemos observar también a otras pacientes con
catalepsias y contracturas inducidas durante la hipnosis a través del
magnetismo, o con emociones y delirios inducidos por el efecto de
estímulos olfativos (éter o nitrito de amilo); o, más difícil todavía,
un grupo de seis histéricas con catalepsia de grupo inducida por el
sonido de un gong.
Los experime








ntos
desarrollados por Charcot con la hipnosis, cuyo objetivo era reproducir
en condiciones supuestamente experimentales los fenómenos patológicos
más que procurar su resolución terapéutica, fueron blanco de innúmeras
críticas por parte de sus contemporáneos. En este sentido, recuerda su
discípulo Gilles de la Tourette la respuesta que Charcot daba a la
acusación, frecuentemente formulada por miembros del establishment
médico de la época, de que en La Salpêtrière más que curar la histeria,
ésta era estimulada y cultivada: “para aprender a curar, primero hay
que haber aprendido a conocer, el diagnóstico es la mejor base para el
tratamiento”.5 Con todo, no cabe duda que
Charcot incurrió en excesos que parecen más próximos del espectáculo
circense que de la investigación científica.
Gracias al
testimonio ofrecido por testigos presentes en las famosas lecciones de
los martes, sabemos que Charcot llegó a solicitar la participación del
público asistente en la inducción de fenómenos hipnóticos en los
pacientes como demostración de la ausencia de trucos. Paradójicamente,
no tardó mucho tiempo en recoger los frutos de esta decisión: los magos e
hipnotizadores en los circos y en las calles comenzaron a invocar en
sus espectáculos como argumento de autoridad un lema nefasto: “según las
experiencias del Dr. Charcot en La Salpêtrière”.








Parece un hecho aceptado
que, actualmente, en el mundo occidental desarrollado, tal como reconoce
Henri Ey, la gran crisis de tipo Charcot es una rara avis pocas
veces observada, lo que nos debe hacer reflexionar sobre la capacidad
de la histeria para mutar en respuesta a las alteraciones de las
coordenadas socioculturales y de la representación de la propia
enfermedad mental. No obstante, hay voces que, basándose en este
argumento y en las críticas formuladas a la praxis clínica y
experimental de Charcot en La Salpêtrière, van aún más lejos y se
atreven a cuestionar radicalmente si la histeria, tal como la describió
Charcot, llegó a existir alguna vez fuera de los muros de La
Salpêtrière.6
Por ejemplo, Roy Porter, el malogrado historiador y coeditor de la revista History of Psychiatry,
no duda en afirmar que algunos de los cuadros descritos por Charcot son
artefactos producidos por la sobrecargada atmósfera teatral de La
Salpêtrière.7 Didi-Huberman, va más allá y,
recuperando la vieja tesis antipsiquiátrica del “mito de la enfermedad
mental” de Thomas Szasz, propone en su provocador libro, La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de La Salpêtrière,
la idea de que la histeria charcotiana fue una “invención”, fruto de la
extraordinaria complicidad y la fascinación recíproca surgida entre
unos médicos insaciables a la búsqueda de imágenes de la histeria, e
histéricas que consentían y exageraban la teatralidad de sus cuerpos. 8
Para nosotros, lo que
parece indudable es que, a pesar de sus esfuerzos por mantener una
mirada objetiva y científica, Charcot no consiguió resistir a la
fascinación ejercida por las pacientes histéricas, y no aquilató el
papel determinante que la sugestión puede tener en este cuadro,
tornándose así, en cierta manera, en codirector de la representación
teatral protagonizada por sus anónimas e histriónicas vedettes, una
extraña mezcla de guionista y escenógrafo de la mise en scène del espectáculo histérico.
BIBLIOGRAFÍA:
1-Charcot JM (2003): Histeria. Lecciones del martes. Ediciones del Lunar. Colección de Heterohistorias. Jaén. p.43.
2-Didi-Huberman G (2007):
La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de La
Salpêtrière. Ensayos Arte Cátedra. Madrid. p.94.
3-Ibidem., p.40.
4-Ibidem., p.117.
5-Ibidem., p.389.
6-Ey H, Bernard P, Brisset Ch (1978): Tratado de Psiquiatría. 8ª edición. Toray-Masson. Barcelona. p.419.
7-Porter R (2003): Breve historia de la locura. Turner – Fondo de Cultura Económica. Madrid. p.179.
8-Didi-Huberman G (2007), op.cit., p.8.
Otras obras consultadas:
-
-Cagigas A (2003): La histeria de Charcot. Ediciones del Lunar. Colección de Heterohistorias. Jaén.
-
-Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Falret, olin, Kraepelin, Bernheim, Grasset (2011): La histeria antes de Freud. La Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga. Ergon. Madrid.
Fuente: http://adriangramary.com/agramary/Articulos/Entradas/2012/1/21_CHARCOT,_AUGUSTINE_Y_LA_ICONOGRAFIA_FOTOGRAFICA_DE_LA_SALPETRIERE.html
La Histeria: imágenes
“Parecería
como si la histeroepilepsia no existiera más que en Francia, e incluso
podría decir y a veces se ha dicho que en La Salpêtrière, como si yo la
hubiese forjado solo con el poder de mi voluntad. Sería algo
verdaderamente maravilloso que pudiera crear enfermedades así, a mi
antojo y según mi fantasía. Pero en realidad no soy nada más que un
fotógrafo, registro lo que veo.”
Charcot1
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