domingo, 20 de abril de 2014

Charcot. Histeria

CHARCOT, AUGUSTINE Y LA ICONOGRAFIA FOTOGRÁFICA DE LA SALPÊTRIÈRE
sábado 21 de enero de 2012
En un estante de la Biblioteca del Hospital Conde de Ferreira de Oporto descansa, superviviente del tiempo, la polilla, la depredación humana y las mudanzas, un ejemplar de la Iconographie Photographique de La Salpêtrière de Bourneville y Régnard (1876-1880). Esta pequeña joya bibliográfica en tres tomos recoge documentación clínica y fotográfica de pacientes internadas en el Hospital de La Salpêtrière, fundamentalmente pacientes con histeroepilepsia, observadas durante el periodo en que Charcot dirigió la institución.

Jean Martin Charcot comenzó a trabajar en La Salpêtrière en 1862, cuando la institución albergaba cerca de 4300 mujeres, una mezcla heterogénea de delincuentes, mendigas, epilépticas, histéricas y dementes, que él mismo describió como un “museo patológico vivo”.

El azar quiso que las pésimas condiciones físicas del ala Saint-Laure de La Salpêtrière, donde convivían pacientes dementes, epilépticas e histéricas, llevasen a la administración del Hospital a separar las pacientes en dos grandes grupos: dementes y pacientes con convulsiones (epilépticas o histéricas), integrando estas últimas un servicio nuevo bautizado “sección de las epilépticas simples” que fue confiado a Charcot. Esta decisión administrativa aparentemente anodina modificará sin embargo radicalmente el futuro profesional de Charcot al provocar su inesperada inmersión en el confuso y resbaladizo territorio de la histeria.


Unos años más tarde, en 1881, tras conseguir los necesarios apoyos políticos, Charcot concretizó su viejo sueño de crear la primera Cátedra de Enfermedades Nerviosas del mundo, que se convirtió, desde ese momento, en la piedra angular para la transformación del viejo asilo de La Salpêtrière en un hospital orientado a la investigación y la enseñanza teórica y clínica.

Hospital de La Salpêtrière

Entre otras empresas acometidas por él para transformar la vieja institución asilar, Charcot impulsó la creación de un taller de fotografía en La Salpêtrière, iniciativa que tenía por objetivo la aplicación de la recientemente descubierta técnica fotográfica en la investigación de las enfermedades psiquiátricas y neurológicas. El taller, donde trabajaban en estrecha colaboración varios fotógrafos (Londe, Rég
nard) y algunos de los discípulos de Charcot (Bourneville, Gilles de la Tourette, Richer), contaba con un laboratorio y una sala bien iluminada, donde había una cama instalada ad hoc sobre la cual eran fotografiadas las pacientes. El taller de fotografía de La Salpêtrière se transformó así en una fábrica de producción de imágenes patológicas, que fueron dadas a conocer al público especializado a través de la publicación de un primer libro de fotografías, fruto del trabajo de investigación de Bourneville y Régnard, titulado Iconographie Photographique de La Salpêtrière (1876-1880). En 1880, Alberto Londe substituye a Régnard al frente del laboratorio y publica, en 1888, en colaboración con Gilles de la Tourette y Richer, una nueva edición de la Iconographie, titulada Nouvelle Iconographie de La Salpêtrière.


Taller de fotografía de La Salpêtrière

El cuadro estrella de las Iconographies fue, sin duda, la histeria, “bestia negra” de los médicos en palabras de Freud, prototipo de trastorno funcional sine materia y, por lo tanto, un insulto para el modelo de inteligibilidad médica de la época.2 La histeria, que había sido sabiamente descrita por Briquet como una enfermedad “inestable, irregular, fantasiosa, imprevisible”, “un Proteo que se presenta bajo un millar de formas diferentes, pero que no podemos agarrar bajo ninguna de ellas”, se transformó en el área de estudio principal de Charcot.3

Por las páginas de las dos Iconographies vemos desfilar un catálogo interminable de imágenes de todos los cuadros histéricos imaginables y aun de los inimaginables: auras, contracturas de la cara, bostezos, blefaroespasmos, paraplejias, catalepsias, cifosis histéricas, parálisis faciales e incluso episodios de sueño histérico.

Para Charcot resultaba obvio que la histeria, camaleón capaz de reproducir cualquier cuadro psiquiátrico o neurológico, había mimetizado en esa época los síntomas clínicos característicos de la epilepsia, la enfermedad nerviosa más conocida y popular. Consciente de este hecho, Charcot realizó un esfuerzo inusitado para intentar desenmarañar y clasificar la histeria, e intentó establecer fronteras nosológicas, a pesar de las limitaciones inherentes al estado de la ciencia de la época, entre histeria y epilepsia.

Charcot abordó este cuadro con una aproximación básicamente neurológica, y se propuso cartografiar exhaustivamente los diferentes cuadros histéricos usando métodos de medición científica que incluían la temperatura axilar, rectal y vaginal, el estudio de los movimientos respiratorios (pneumografía) y de los movimientos musculares (miografía), el examen oftalmológico, la valoración de los reflejos, la medición de la sensibilidad táctil, térmica y dolorosa, sin olvidar incluso la descripción de las variaciones en la cantidad y calidad de la secreción vaginal. En su intento por reproducir experimentalmente los cuadros histéricos, no dudó en someter a las pacientes a los efectos de la hipnosis (individual y en grupo) y a la aplicación de diferentes estímulos sensoriales (magnéticos, luminosos y olfativos).

Este esfuerzo, a pesar de evidentes excesos cometidos, le permitió, hasta cierto punto, separar los cuadros que tenían substrato neurológico de los psicogénicos, y realizar una descripción de los diferentes cuadros conversivos, el primero y más conocido de los cuales fue la “gran crisis histérica tipo Charcot”, con sus períodos de aura, período epileptoide (con sus fases tónica y clónica), período de contorsiones o “clownismo”, período de trance o de actitudes pasionales, y período terminal o delirante.

Fase de trance o de actitudes pasionales

La protagonista absoluta de la Iconographie fue Augustine, una joven empleada domestica que entró en La Salpêtrière a los 15 años de edad, cuando aún no había tenido su primera menstruación, por un cuadro de paresia del brazo derecho, alteraciones de la sensibilidad y dolor en la parte derecha del hipogastrio. Sabemos, a través de Bourneville, que Augustine había sido violada a los 13 años por su patrón, que mantenía, simultáneamente, relaciones sexuales con su madre. En la Iconographie Augustine aparece descrita como una “joven rubia, de complexión grande y fuerte, ofrece el aspecto de una muchacha en la pubertad. Es activa, inteligente, afectuosa, impresionable, pero también caprichosa, le gusta mucho llamar la atención. Es coqueta, pone mucho esmero en su aseo, en la disposicion del cabello”.4

La lectura de las Iconographies nos permite verificar que Augustine fue para Charcot su prima donna, un verdadero manantial iconográfico y el maniquí sobre el que edificó su construcción nosológica de la histeria. Sus imágenes durante las crisis, en diferentes actitudes pasionales (crucifixión, burla, ira, erotismo) se encuentran, sin duda, entre las más conocidas del libro.

En una de las láminas de la Iconographie nos encontramos la imagen de Augustine dirigiendo la mirada hacia arriba, con las manos unidas, en una pose extática que nos hace recordar imágenes de la iconografía de la m
ística cristiana; en otra fotografía la joven se nos presenta en posición de crucifixión o adopta una actitud nítidamente erótica, con los brazos cruzados sobre el pecho como si abrazase al amado. La pléyade de imágenes parece no tener fin: la vemos lanzando besos con la mano o gimiendo, o realizando movimientos rítmicos con la pelvis, en una dramatización de lo que Paracelso llamó con acierto chorea lasciva. El texto la describe oyendo voces, o en pánico como consecuencia de visiones de violaciones, sangre, fuego, o bestias negras como ratas gigantes. Podemos leer la transcripción de sus discursos, la descripción detallada del contenido de sus sueños, sueños con mataderos, con sangre resbalando por el suelo o por las paredes. La joven y bella Augustine de las Iconographies, con toda su espectacular panoplia de síntomas, se nos antoja símbolo y cifra de la plástica, polimórfica, seductora y siempre hiperdramática histeria.

A pesar de su efímero estrellato, sabemos que, al final de varios años de internamiento, sus síntomas histéricos no mejoraron, y acabó por huir del hospital disfrazada de hombre.

Tal como ya fue dicho, una parte importante de la Iconographie de Bourneville y Régnard está dedicada a los efectos de la hipnosis, usada por Charcot como una forma de histeria inducida experimentalmente. En esta sección también tenemos la oportunidad de ver a Augustine, ya hemiletárgica a la derecha y hemicataléptica a la izquierda (sic), ya en catalepsia total. Podemos observar también a otras pacientes con catalepsias y contracturas inducidas durante la hipnosis a través del magnetismo, o con emociones y delirios inducidos por el efecto de estímulos olfativos (éter o nitrito de amilo); o, más difícil todavía, un grupo de seis histéricas con catalepsia de grupo inducida por el sonido de un gong.
Los experime
ntos desarrollados por Charcot con la hipnosis, cuyo objetivo era reproducir en condiciones supuestamente experimentales los fenómenos patológicos más que procurar su resolución terapéutica, fueron blanco de innúmeras críticas por parte de sus contemporáneos. En este sentido, recuerda su discípulo Gilles de la Tourette la respuesta que Charcot daba a la acusación, frecuentemente formulada por miembros del establishment médico de la época, de que en La Salpêtrière más que curar la histeria, ésta era estimulada y cultivada: “para aprender a curar, primero hay que haber aprendido a conocer, el diagnóstico es la mejor base para el tratamiento”.5 Con todo, no cabe duda que Charcot incurrió en excesos que parecen más próximos del espectáculo circense que de la investigación científica.


Gracias al testimonio ofrecido por testigos presentes en las famosas lecciones de los martes, sabemos que Charcot llegó a solicitar la participación del público asistente en la inducción de fenómenos hipnóticos en los pacientes como demostración de la ausencia de trucos. Paradójicamente, no tardó mucho tiempo en recoger los frutos de esta decisión: los magos e hipnotizadores en los circos y en las calles comenzaron a invocar en sus espectáculos como argumento de autoridad un lema nefasto: “según las experiencias del Dr. Charcot en La Salpêtrière”.

Parece un hecho aceptado que, actualmente, en el mundo occidental desarrollado, tal como reconoce Henri Ey, la gran crisis de tipo Charcot es una rara avis pocas veces observada, lo que nos debe hacer reflexionar sobre la capacidad de la histeria para mutar en respuesta a las alteraciones de las coordenadas socioculturales y de la representación de la propia enfermedad mental. No obstante, hay voces que, basándose en este argumento y en las críticas formuladas a la praxis clínica y experimental de Charcot en La Salpêtrière, van aún más lejos y se atreven a cuestionar radicalmente si la histeria, tal como la describió Charcot, llegó a existir alguna vez fuera de los muros de La Salpêtrière.6


Por ejemplo, Roy Porter, el malogrado historiador y coeditor de la revista History of Psychiatry, no duda en afirmar que algunos de los cuadros descritos por Charcot son artefactos producidos por la sobrecargada atmósfera teatral de La Salpêtrière.7 Didi-Huberman, va más allá y, recuperando la vieja tesis antipsiquiátrica del “mito de la enfermedad mental” de Thomas Szasz, propone en su provocador libro, La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de La Salpêtrière, la idea de que la histeria charcotiana fue una “invención”, fruto de la extraordinaria complicidad y la fascinación recíproca surgida entre unos médicos insaciables a la búsqueda de imágenes de la histeria, e histéricas que consentían y exageraban la teatralidad de sus cuerpos. 8

Para nosotros, lo que parece indudable es que, a pesar de sus esfuerzos por mantener una mirada objetiva y científica, Charcot no consiguió resistir a la fascinación ejercida por las pacientes histéricas, y no aquilató el papel determinante que la sugestión puede tener en este cuadro, tornándose así, en cierta manera, en codirector de la representación teatral protagonizada por sus anónimas e histriónicas vedettes, una extraña mezcla de guionista y escenógrafo de la mise en scène del espectáculo histérico.


BIBLIOGRAFÍA:
1-Charcot JM (2003): Histeria. Lecciones del martes. Ediciones del Lunar. Colección de Heterohistorias. Jaén. p.43.
2-Didi-Huberman G (2007): La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de La Salpêtrière. Ensayos Arte Cátedra. Madrid. p.94.
3-Ibidem., p.40.
4-Ibidem., p.117.
5-Ibidem., p.389.
6-Ey H, Bernard P, Brisset Ch (1978): Tratado de Psiquiatría. 8ª edición. Toray-Masson. Barcelona. p.419.
7-Porter R (2003): Breve historia de la locura. Turner – Fondo de Cultura Económica. Madrid. p.179.
8-Didi-Huberman G (2007), op.cit., p.8.

Otras obras consultadas:
  1. -Cagigas A (2003): La histeria de Charcot. Ediciones del Lunar. Colección de Heterohistorias. Jaén.
  2. -Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Falret, olin, Kraepelin, Bernheim, Grasset (2011): La histeria antes de Freud. La Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga. Ergon. Madrid.

    Fuente: http://adriangramary.com/agramary/Articulos/Entradas/2012/1/21_CHARCOT,_AUGUSTINE_Y_LA_ICONOGRAFIA_FOTOGRAFICA_DE_LA_SALPETRIERE.html

    La Histeria: imágenes





“Parecería como si la histeroepilepsia no existiera más que en Francia, e incluso podría decir y a veces se ha dicho que en La Salpêtrière, como si yo la hubiese forjado solo con el poder de mi voluntad. Sería algo verdaderamente maravilloso que pudiera crear enfermedades así, a mi antojo y según mi fantasía. Pero en realidad no soy nada más que un fotógrafo, registro lo que veo.”
Charcot1

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